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Déjenme tener el valor para resistir la tentación de inventar una forma.

Lucia Von Sprecher, Magdalena Petroni, Franco Basualdo.

31/08/19 al

05/10/19

1. El Pescadito y 2. La Cantina

Curadores

Miércoles a Sábados

13 a 18hs.

31/08/19 al

05/10/19

Lucia Von Sprecher, Magdalena Petroni, Franco Basualdo.

1. El Pescadito y 2. La Cantina

Miércoles a Sábados

13 a 18hs.

Curador: Alfredo Aracil.

Galería: Galería El Mirador

Prácticas en el vacío.

Qué difícil es respirar mecánicamente, estar ausente y presente a la vez, intentar que cada movimiento mental se corresponda con una cifra. Contar con los ojos cerrados, del uno al cien. Trato, en el vacío, de sentir la lengua y recorrer las puntas de mis dedos. Primero una mano y luego la otra. Me exaspera, pero se siente bien. Aleja por un momento el monstruo de la ansiedad.

Ni siquiera mi padre, que me acompañaba siempre a la consulta, conoce el origen de mi ASMA. Ni idea de dónde nace. Corriendo en el barro de octubre, noto como asciende una punzada del pecho a la boca. Mis bronquios mineralizados no dejan salir el aliento vital. Respiración valvular. Luego, en el vestuario, trago cortisona del inhalador azul y blanco, el Terbasmin. Está en la mochila, en el bolsillo de atrás, si no lo he vuelto a perder. Con la adolescencia, se muda adelante: un cilindro recortado sobre el mulso derecho en mis pantalones ajustados.

El médico de guardia me recuerda que, en mi condición de asmático, es aconsejable tomar paracetamol (C8H9NO2) en lugar de ibuprofeno (C13H18O2). Voy a buscarlo a la farmacia. Aunque en realidad el ibuprofeno me sienta bien. Gracias a él es que puedo convivir con este dolor de muelas que ya dura tres semanas. Confío en que el paracetamol, junto a los antibióticos, me ayudará a alcanzar ese estado narcótico que precede a la duermevela. El cuerpo pesado, empapado en un regusto metálico. La cabeza centrifuga sensaciones y recuerdos ajenos. A cámara lenta, el sueño se pierde en una fosa séptica, aspirado por un orificio sin fondo. Tomo el combinado deseando hundirme en un estado de indolencia general, deseando que las mandíbulas dejen espacio para que fluya la saliva; que la piel de la cara pierda volumen a la manera de un globo que se infla y se desinfla, en sordina, caprichosamente. Pero ni un síntoma de alivio. Me arden las terminaciones nerviosas de los pómulos. No hace efecto, no prende el extravío. A riesgo de morir asfixiado, decido volver a la bomba cuántica de ibuprofeno.

Imágenes confusas, como un océano sin orillas, se cuelan por el interior de mi boca infectada mientras veo Alien por primera vez. En el sofá, recorro con la lengua la separación entre cada diente. La arrastro por una meseta perlada. Detrás de la muela del juicio, vibra una materia blanda. Entre la boca y la mejilla, creo distinguir algo que parece huevo. Un bulto que la linterna de mi celular no llega a iluminar. En el espejo, no hay pus ni llagas. De modo que me olvido un rato. Hasta que, a la mitad de la película, siento la urgencia ciega de ver imágenes abyectas. Me pongo a hurgar en la superficie del huevo y me recreo en su textura viscosa, medio extraterrestre. Compongo mentalmente un corte topológico de su estructura y su composición. Visualizo sus cimas y depresiones. No hay manera: sigo sin poder ubicar de forma precisa el dolor. Buscar se vuelve un ejercicio de fe, como mirar una exhibición a oscuras y falto de imaginación.

Cuando despierto horrorizado y me llevo las manos a la cara, cuando pienso que voy a ahogarme en un mar de jugos gástricos, por fin, creo localizarlo. Quisiera tener un cuchillo por dedo, entrar bien atrás, al fondo, y remover la masa de carne roja y huesos que tengo por cabeza. Colarme en las tinieblas de la mente y contemplar cara a cara el origen del mal. En mis delirios, vahos y sudores, me hallo frente a esa superficie de malestar incierto. Tiene forma de membrana multidimensional que contiene todo lo que pudo ir mal y fue a peor. Espacio en blanco donde la ausencia de imágenes hace proliferar un paisaje circular, sin horizonte. Me viene a la mente uno de los trucos que el Correcaminos utiliza para martirizar al Coyote. Camino por la superficie que se dibuja sobre la roca pura, hueco circular que crea la ilusión de un túnel. Negro sobre gris, una ruta pintada en el interior. El trampantojo que, como el Coyote, no puedo esquivar.

Evité Alien durante años, de la misma forma que he evitado y evito otras películas de terror. Convertida en una sala X, mi boca demanda sombras: una cuota de entrañas y terror que la película no puede colmar. Me deja indiferente en mis expectativas especulativas. Salvo los primeros quince minutos. Me gustan el episodio de los huevos y el brote. Lo vería otra vez. La nave vuelve al planeta Tierra, tras un viaje que rememora el sentido mítico de las exploraciones románticas, lo científico y lo mercantil. Son oscuros los intereses alrededor del capital: color negro azabache, más Alien que Alien, ávido de depredar territorios y extraer energías vitales. Me atrae especialmente, decía, cuando la criatura desgarra los últimos tejidos internos y aparece del estómago de uno de los tripulantes del Nostromo. Solo, entonces, siento necesidad de taparme la cara con una manta. En realidad, media cara. Algo que en mis retorcidos esquemas mentales funciona como un conjuro: nadie me ve, mientras yo, agazapado, con un ojo, puedo verlo todo.

Coda

Esta mañana, por fin, me encuentro un poco mejor. Reúno algunas fuerzas y vuelvo a intentarlo. Me siento y empujo. Acompaso la respiración retráctil. Repito los mismos ejercicios. Uno: inspirar y expirar. Dos: contar hasta cien. Por un momento, parece que lo voy a lograr. Lo estoy logrando. Y a mitad de camino, cerca de la salida, siento que las fuerzas se agotan. El ano se obtura de nuevo con una contracción. Es raro, porque suelo ir regularmente al baño, hasta tres veces al día, casi siempre por la mañana. En ocasiones voy en ayunas, antes de tomar el café. Ahora llevo tres días que estoy sin poder. Para mí tiene que ver con los fármacos. Aunque también podría ser que llevo una temporada comiendo mal. Pero seguro tiene que ver con el combo químico que he incorporado a mi naturaleza ya de por sí ortopédica. Hasta que no queden más pastillas. Arremeto. Un nuevo esfuerzo y paso al tacto directo. No, primero me entrego un rato al dolor de la retención. A continuación, tanteo con una mano lo que pasa adentro. Distingo varios bultos que sobresalen. Parecen huevos puntiagudos. Tras reconocerlos superficialmente y comprobar su extrema dureza, su más absoluta compresión, uso las yemas de los dedos para ayudarlos a aflorar y alcanzar el exterior. Por las uñas resbala un líquido espeso que no sé cómo acaba en mi pelo. Con mucho esfuerzo, sentado con los pies sobre la taza, consigo que se precipiten al fondo. Ya está. Escucho cómo se hunden y pienso que esta vez no me voy a tapar la cara, que esta vez voy a ser valiente y voy a mirar.

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